Segundas partes (¿entre suicidas?)

Somos humanos en el momento en que tenemos que cometer errores para darnos cuenta de lo estúpidos que somos. Y de lo que perdimos por serlo.

Pero sí señores, somos necios. Muy necios. No hay otra explicación. Nos aferramos a un clavo ardiendo hasta que se apaga y sólo quedan cenizas. Somos adictos a darnos cabezazos contra la pared. Adictos a los buenos o malos (pero siempre demasiado prolongados) desenlaces.

Demasiado lejos, demasiado cerca, demasiado todo, demasiado nada. Demasiados silencios…y demasiado tiempo tirado a la basura.

Y después nos preguntamos quién ha tenido la culpa. Tú no, yo tampoco. Y surge esa dependencia que nos lastra obligándonos, con sentimiento de culpabilidad, muy por encima de nuestras posibilidades. Eso que nos hace mantener relaciones ya acabadas, por cumplir.

Porque, decirme, ¿cuál es la utilidad de darle patadas una y otra vez a algo que ya está muerto, con la divina esperanza de que vuelva a moverse? Ninguna. Sólo conseguimos hacerlo más feo, y de paso hacernos más daño…

Dicen que las segundas partes nunca fueron buenas. Así que si surgen, por favor, hagámoslas mejores que las primeras.

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