Soy marciana

¿Conocéis esa sensación en la que sentís que la vida se vuelve un semáforo en rojo? Como cuando vas a 200 km/h y tienes que frenar en seco, lo mismo. Hay momentos en los que vas tan a tope, que rozarías las nubes con la punta de los dedos. Y de repente te das la ostia.

Pues yo me tiré en caída libre. Aposté, arriesgué y perdí.

Y repetí.

Pero calma, que no cunda el pánico. Hay mil razones para seguir sonriendo, y los errores están para cometerlos…y también para aprender de ellos.

En este caso va de etiquetas. Hay personas que necesitan llamar a cada cosa por su nombre y apellido. Sin embargo, yo reconozco que nunca he sido buena con la terminología de ningún tipo. Cuando creo que conozco la forma correcta de llamarle a “eso”, resulta que surgen palabras nuevas para designar cosas que no sabía ni que existían. Y a veces eso me hunde, por completo.

Obviamente no podemos dejar de etiquetarlo todo. Del mismo modo que tú te llamas José y tu perro se llama Toby, vives de forma armoniosa en algo llamado “hogar” y conduces hierros con ruedas llamados “coche”. Es imposible imaginar un mundo sin etiquetas. Pero los hogares se destruyen y los coches se estropean.

Por eso prefiero no etiquetar ciertas cosas. ¿Para qué, mientras sea feliz?

Pero parece que el resto no lo entiende. No entiende por qué me sienta bien, no entiende lo bonito que es disfrutar del momento sin preocuparse de nada más, no entiende de nada.

Etiquetar las cosas es algo humano. Ahora lo entiendo todo: soy marciana.

 

 

 

 

 

 

 

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