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A veces para viajar no necesitas un avión. Ni barco, ni tren, ni coche. No hace falta ningún medio de transporte en realidad. Tampoco hace falta marihuana. Ni LSD. Ni cocaína. Ninguna droga, en verdad.

Sólo con un gesto, una acción, un pensamiento, una reflexión. Cualquier detonante, no físico sino más bien mental, no material sino más bien intangible. La causa de que toda tu vida se vaya un segundo a la mierda. Lo que te hace estallar de verdad y romper con todo. Hasta el jarrón del salón. Ese tan bonito que no necesitaba flores.

Y ahí te encuentras: sola, indefensa, en blanco y negro viendo llover; porque ese día, aunque no lo recuerdes, llovía como nunca. En la ventana, llueve. En la calle, llueve. En la habitación, llueve. En la ducha, llueve.

Tranquila, inspira.

La tristeza se torna rápidamente en depresión, ansiedad. Ansiedad es esa situación en la que te fumas los cigarrillos de dos en dos, te comes las chocolatinas de tres en tres, y ves el Diario de Noa por 78ª vez (por difícil que sea pronunciar ese número ordinal).

Tranquila, respira.

Y llega la rabia. Para los que no lo sepáis, rabia son ganas incontenibles de gritar y seguir rompiendo cosas. Corazones, si cabe. Ganas de rasgar el papel de pared, ganas de arrugar folios en blanco, ganas de arañar la almohada. De tirar todas las fotos a la basura junto al corazón, y la basura al contenedor.

Pero tranquila, inspira.

Más tarde o más temprano, llegará el momento de comértelo todo. T-O-D-O. Saldrás a la calle y sonreirás, porque ya no duele. Nada duele. La vida te resbala. No importa quien mire, quien señale, porque estás por encima de todos. No necesitas tacones para sentirte alta. Te miras al espejo y te gusta lo que ves, más que nunca: te gustas. Y te prometes a ti misma que seguirás. Que nunca nadie más va a hacerte daño. Que te mereces más, mucho más. Te mereces quererte. Porque nadie mejor que tú para hacerlo, para saber CÓMO hacerlo.

Pero ahí no acaba todo. Porque después de todo ese remolino de emociones, todavía llega el momento de poner los pies en la tierra. Y cuando lo haces, te encuentras con una página en blanco: totalmente en blanco. Y está ahí para ti, para escribir lo que te de la real gana. “No lo estropees. No la cagues.”

Pero ya te lo digo: la vas a cagar. Es más, la cagaste justo en el momento en el que decidiste romper el jarrón del salón. Porque algún día vas a necesitarlo de nuevo, vas a sentir que te hace falta, vas a echarle de menos. Y ya nunca más vas a encontrar ese maldito jarrón porque ya no está en ninguna puta tienda. Da igual el precio que pagues. NUNCA MÁS vas tener el jarrón perfecto e intacto.

Punto. ¿Y a parte?

Pues veréis, eso es a lo que llamo viaje de ida y vuelta: de ida a no sé donde, y vuelta a la realidad.

La realidad en la que tus ojos siguen teniendo ese brillo especial.

Aunque ya no me quieras, aunque ya no te quiera.

 

Aunque ya no nos queramos.

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